En un articulo sobre regionalismo, incluido en el tomo XI de la “Historia critica de la literatura argentina” (Emecé, 2000), dirigida por Noé Jitrik, los profesores Enrique Foffani y Adriana Mancini afirman que para Sarmiento “el mal de la naturaleza argentina era la extensión, la llanura ilimitada”. Formas de decir, más suavizadas y abstractas (y sobre todo falaces), lo que el sanjuanino -que no buscaba eludir la inteligibilidad de sus escritos como sus actuales discípulos- había expresado con todas las letras en el primer capítulo del “Facundo”:

“El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión: el desierto la rodea por todas partes y se le insinúa en las entrañas; la soledad, el despoblado, sin una habitación humana, son por lo general, los límites incuestionables entre unas y otras provincias…”

Como podemos observar, Sarmiento no dice “la naturaleza argentina” sino “la República Argentina”, y no habla de la llanura sino del desierto, las amplias áreas despobladas que circundaban a las aisladas urbes de su época. El pensamiento del controvertido sanjuanino, esbozado antes que él por Rivadavia y su grupo, quienes lo concretaron en los hechos al abandonar a su suerte al Alto Perú, la Banda Oriental y si por ellos hubiera sido el Interior en su conjunto, está en relación con el sentimiento de “patria chica”, de “repliegue sobre Buenos Aires” que siempre ostentaron directoriales y unitarios, es decir el partido de la “civilización”.
Respondiendo a quienes tratan de justificar la frase de Sarmiento explicándola desde “la desproporción superficie – población de entonces”, Justo Díaz de Vivar (Revista Instituto Juan Manuel de Rosas, Nº 7, 1941, p. 34) señala que el propósito deliberado del sanjuanino era el achicamiento territorial, lo que –si alguna duda existe- “se comprueba con su pretensión de regalar la Patagonia a Chile, con lo cual el desierto no iba a ganar en habitantes”.
Está claro que ni Rivadavia, ni Sarmiento, ni Mitre (propiciador frustrado de una “República del Río de la Plata” en 1856) tenían otro propósito que desprenderse del territorio y la población “sobrantes” para poder llevar a cabo su proyecto de “europeizar desamericanizando”. Jauretche (“Manual de zonceras argentinas”; p. 44) lo ha visto con claridad meridiana:

“Sólo en el dilema de ‘Civilización o barbarie’ encontraremos una explicación congruente de este achicamiento querido y buscado.
“Lo importante no era constituir un país según las leyes de la naturaleza y la historia, sino realizar la ‘civilización’.”

Y para cristalizar este objetivo: “civilizar”, es decir construir Europa en América, existían dos obstáculos que era necesario eliminar: la geografía y la población. Así, el feroz consejo de Sarmiento: “no ahorre sangre de gauchos”, llevado a efecto por Mitre sin hesitaciones, guarda profunda convergencia con la frase comentada. Si la extensión geográfica y la población criolla eran los males que nos aquejaban, la solución aportada por estos próceres consistía en la vía contraria: el empequeñecimiento territorial y demográfico del país.
¡Que diferente –en cambio- la concepción de José Hernández, creador de “Martín Fierro” y contradictor militante de Mitre y de Sarmiento: “Los pueblos necesitan del territorio con que han nacido a la vida política como se necesita el aire para la libre expansión de los pulmones!”. (cit. por Avelino Herrero Mayor en “Cosas del Idioma”, Troquel, 1959, p. 119).

JC Jara